
¿Vieron al monito protagónico del videoclip de abajo? Lo etiquetan como semiólogo. Ve los signos, luego entonces: de modo ideológico. La semiótica es menos incauta.
Los semiólogos y los narratólogos creen que el gobierno polìtico nada más es un discurso. El uso de los signos para enajenar al pueblo y gobernarlo. Así de fácil. Ni los cómix de Jodorowski llegan a tal grado de síntesis ideológica de la realidad.
Por eso, se pierde de vista la realidad material del mundo en que estamos viviendo. Porque no es una idea hecha con los engaños de cada quien con signos y palabras. Es algo sólido como la muerte. Pero no la vemos por imaginarle otras intenciones a todo, nada más de miedo a ver lo que es. De sólido que es. Lo de la muerte.
Es importante tenerlo así de claro ahora.
Para juzgar en forma crítica todas las interpretaciones. Incluida ésta. Cuando el inicio de la noche no deja prever más daño que el usual para los pulmones. Algo bueno, esta noche. Que la cosa no empeore. Y seguir esperando que algo mueva de veras el aire de la ciudad y afloje un poco la costra flotante de esmog.
Paciencia e higiene. No usen el carro mañana. Aunque, nos sigue picando el gusanito: ¿qué tal que la solución sea saber hacer que se muevan de un modo los automóviles de toda la ciudad? ¿Eh? ¿Qué onda con esa otra?
No rieguen virus por donde no los hayan podido regar antes de ayer. Quedénse, ya, donde están, en cuarentena relativa. Es bueno para la salud general.
Si ya resolvimos con cierto grado de razón el origen del virus A(H1N1), que es un producto de la industria de la guerra bacteriológica con armas de destrucción masiva. Algo que empieza como proyecto financiero tardocapitalista durante la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra y otros puntos de Europa, como loco plan contra el Imperio Otomano. Pero la primera guerra mundial del siglo XX dejó que los empleara el bando de Alemania, mostrando de modo espeluznante su poder criminal por medio de la asfixia. Tal como ahora es posible morir por influenza o por carencia de oxígeno en una inversión térmica por culpa del esmog urbano. Gases. Polvos y gases. Virus. Gente que solo deja de respirar cuando se muere. Pesticidas. Insecticidas. Desfoliadores. Herbicidas. Drogas contra las yerbas. Yerbas que come el humano. Drogas y gases, yerbas y drogas, gases y yerbas, polvo que mata, virus... el más barato de todos es el de la influenza, el del vil catarro y la gripe o gripa. El más barato y simple de los virus que matan rápido por asfixia. Y ya. Lo demás lo aprendes surfeando en la red.

Ahora resolvamos mejor el estado de la entidad emisora de este virus A(H1N1).
Ya no qué es. Ni de dónde viene y a dónde va. Sino quién o qué la provoca.
La guerra. En general, esta vez muy concreta. Es un retumbe sin sujeto emisor de guerra bacteriológica. No es un producto de la naturaleza. Es algo que se "manipuló" en un laboratorio, algo tocado y afectado por la fuerza de trabajo humana. No hay país ni persona que lo haya lanzado contra país o persona. Es algo que ocurre, esta vez, porque nadie controla la realidad de estos virus desde que los emplearon en la guerra de Vietnam, lo mismo que provoca la velocidad tóxica de los instrumentos que se emplean para detenerlos, un enredo que el ser humano todavía no es capaz de resolver. Por eso es terrible un estallido de infección viral como el que estamos viviendo y hasta ahora parece que controlando y deteniendo en la ciudad que lo emite. Aunque es cosa de esperar, de seguir en espera.
No se puede apuntar más allá del Pentágono sin rostro. No hay más. Hasta Ben Laden, si existe y los tiene, los tiene por medio del Pentágono. Así de esquizofrénico puede estar el Pentágono. Como el Doctor Insólito de la película de Stanley Kubrick, que es nazi y gringo bueno al mismo tiempo.
Un sujeto culpable sin rostro y sin nombre, la torpeza humana, la omisión humana, que en ética conecta con la omisión de todo mundo. Ese pecado en verdad nefasto, hasta si no hay dios ni diablo. La omisión por voluntad. No querer saber, tenerle miedo a la verdad. La ignorancia deseada y la servidumbre voluntaria juntas, por egoísmo solipsista idiota. Omitir que ahí está la máquina de la guerra. Para imponer y justificar su círculo vicioso del ellos contra nosotros perpetuo, por miedo permanente a que ellos estén ahí donde parece que no están y bla bla bla, para justificar la guerra. Imponer la muerte sin razón. Por la guerra.
Signo artificial. La fuerza mortal del virus A(H1N1) produce un poder mercantil, burocrático y de los media de carácter excepcional. Se opera con el miedo general a la muerte, se opera con el impulso vital de la sobrevivencia humana. Con la idea de que el organismo únicamente vive una vez. No más. Y que hay que vivir mucho y mejor cada vez. Un digno deseo. Que se vuelve enfermedad cuando comienza a querer negar lo real, la muerte que lo funda, la muerte que le da sentido, la nada que permite que ocurra este absurdo de la existencia en una conciencia mortal.
Con miedo a la muerte se hacen los nudos de la canasta del ego, dice, en cierta forma, Julia Kristeva. En un exceso de líbido que afecta al cerebro y el sistema nervioso, en eso se concentra la aparición material del pensar que piensa, la conciencia. Y ese exceso se funda en el deseo imposible pero deseable de la vida interminable, del nacer para ya nunca morir... el mito.
La evidencia matérica dice que el yo implosiona y desaparece en la muerte. No vuelve a haber ese yo, porque la energía que lo hacía posible se apagó. Una burbuja de goce de identida somos. Entes psicosemióticos dentro de un soma orgánico. Soma es lo que queda cuando muere lo psicosemiótico, el cadáver, los restos, las cenizas.

Donde da miedo que ataque la infección, el mal, la enfermedad... dolor y muerte. Dolor que mata, dolor por muerte, dolor que se multiplica, muerte que se magnifica y fetichiza. Para generar la paranoia, el miedo al contagio y el deseo de transmisión y conservación del mal, la confusión en que siempre se ve envuelta la existencia real que piensa, el frágil y efímero sujeto de la acción de pensar como exceso de libído en las neuronas, ciertas tramas de tejido neuronal. Células, entidades creadas y destruidas por los virus.
Un territorio crucial. La cosa del organismo humano para quien es sujeto de la conciencia con miedo a ser infectada con lo que sea. Pero una cosa que desconoce por completo de principio. La siente pero no la piensa ni la entiende, la vive, le ocurre, la cosa del bios del soma orgánico en funcionamiento, sano y enfermo, entre sano y enfermo de la procreación a la muerte. Si se entiende que "sano" es sentirse lejos de la muerte y "enfermo" es justo lo contrario, un esquema dual, posible en la mente y los pizarrones de la filosofía, imposible en la realidad más noble y compleja de la materia universal donde ocurre el contagio infeccioso por medio de virus.
Porque una Megademia como ésta que reportamos, por sus proporciones descomunales, no puede ser descifrada desde un escritorio en un gabinete de biblioteca clerical. Es un problema donde debe intervenir ya la tecnología del futuro y su desconstrucción humanista liberadora, que es donde estamos caminando por estas sendas del bosque del reportaje. Es tan grande que, si nos decuidamos, nos enajena la libertad en gente burócrata en realidad incapacitada para el servicio público, al menos hoy día, por ejemplo, en la gran ciudad de México DF.
Epistemología autocrítica. Nuestra observación del fenomeno que reportamos como Megademia se sabe muy parcial y casi aislada en el interior del departamento donde vivimos, rentado a una amable familia de noble origen oaxaqueño en la colonia de las calles de los santos en el Pedregal de Santa Ùrsula, al noroeste del Estadio Azteca y con Ciudad Universitaria al noreste a su vez.
De modo que reconociendo los riesgos y límites, dejamos aquí que derive el discurso por lo propio, en el desvío de la confesión, vuelta esta filosofía del tipo producido por los textos de María Zambrano. Nuestra señal de contexto para estar en la cuestión democrática. Al revisar el ser y estar de este reportaje.
Una sala con libros, dos habitaciones, un clóset vestidor, un pasillo, un baño y la cocina, sobre un primer piso de la casa de la familia que la renta, que vive en un cuartito al lado del departamento, más sus parientes que ocupan la parte de abajo, con un patiecito y un garage que no usan como tal, porque en una accesoria tienen puesta una tienda de abarrotes. Somos tres personas de base, las recluidas este día. La única dificultad que vemos en caso de contingencia ambiental con grave falta de oxígeno en el aire es saber que lo ideal es encontrarse lo más cerca del piso de la calle que se pueda, que es dónde se guardará la última cantidad de oxígeno respirable en caso de desastre total. Para todos los demás casos, nuestra situación de principio es buena o no muy mala. Considerando nuestra pobreza franciscana voluntaria y lo extremo de nuestra situación real en este momento, por el choque de Mendiola con el lado negro de la UNAM -- otra historia.
Hasta esta noche, lo único excepcional que estamos sintiendo es el calor nocturno. Desborda nuestros usos cotidianos. Pero no incomoda mucho. Aunque Mendiola suda y suda y hay que ver que no se deshidrate, generalmente con tizanas de poleo y romero. Más las doce tazas de café que espantan tanto a Goethe como mera idea de ver el hígado, dice, de quienes las acostumbran. Las chelas, como se dijo, por razones de método, las tenemos excluidas. Sólo como medicina y en el caso extremo de la deshidratación galopante, donde es bueno convertirlas en caldo restaurante y ya no sólo bebida fresca.

Y así va la cosa. Una semiótica complicada. Como tomar decisiones y responsabilidades sobre estornudos y complicaciones leves de la digestión, que hasta este momento del reportaje tenemos por bien tomadas, ya que nadie se siente con el organismo enfermo o siquiera ligeramente enfermo por algo. Igual están y se ven las tres gatas que viven en la casa.
Hay agua corriente y bastante limpiecita, con una cisterna de buen tamaño sólo para el uso de nuestra unidad habitacional concreta. Gas en un tanque estacionario para la estufa de la cocina, que tiene un buen horno para hacer pan casero. No hemos acopiado alimentos. Tenemos a la mano poco más que lo indispensable. El abasto alrededor es perfecto, según las reglas de por sí mediocres de la mediocridad absoluta del Pedregal de Santa Úrsula en cosas de alimentación. Salvo no más de tres o cinco honrosas excepciones.

Comida de gente pobre con voluntad de buena vida gastronomita, la nuestra pobre de cada día, comida buena, comida bendita.
Las tres personas estamos justo en nuestro peso indicado y sin complicaciones notables de colesterol, diabetes o algo parecido. Nada tenemos prohibido comer.
Se escribe así, tanto, dice Kristeva, por angustia ante la muerte, se escribe por narcisismo hasta en los casos más en apariencia anónimos e impersonales, la cosa de la escritura es angustia ante la muerte convertida en narcisismo de expresión. Por ello, resulta fácil construir sólo un espejo de escritura, para reflejar sólo la apariencia, sólo lo visible que no es y pasa, no queda más que como memoria, ya no así, como reflejo en el espejo. Lo difícil es pulir esa escritura para volverla un lente para enfocar lo esencial que es invisible para los ojos, la cosa que nos deja pensar en la enfermedad del cuerpo sin quedar encerrados dentro de la cárcel del cuerpo, más cárcel cuando está enfermo, un asunto apasionadamente foucaulteano. La bioprogramación de las enfermedades, las tecnologías de virus, el panóptico de la medicina bacteriológica. Sin olvidar la unidad real de lo real del cuerpo, la vida del soma. Una condición donde la presencia de conciencia debe ser un signo clave.


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