viernes, 1 de mayo de 2009

El texto en cuestión...


En la entrada de blog que está abajo, viene algo del por qué de este como que cambio de tema... Pero lo hacemos ingresar para expresar de forma más clara y amplia la filosofía desde donde se produce este reportaje. Es decir: que no es simple delirio ni vil narcisismo grafómano lo que genera este documento. "Hay un método en su locura."


Chiles y pomadas
Rubén Soto Rivera
Salvador Mendiola

Filosofía perenne: ni verdad, ni mentira, ni ninguna creencia fija. Lo mejor es suspender el juicio, no juzgar. Silencio y quietud. Lo mejor es no abandonar la inacción.

Todo lo demás sólo son malas interpretaciones, que generan más malas interpretaciones. El cambio en lo aparente.

Así es y será la realidad. Caos y Azar.

Y adentro siempre de este caos y azar infinitos: nuestro deseo efímero de hacer que algo tenga sentido, aunque sólo sea El Absurdo. Aunque sólo sea el Yo.

Esa es la paradójica verdad que la filosofía nos enseña, su fuerza didáctica perdurable. La misma todo el tiempo, invariable. Saber que todo es caos y azar. Que nada es del Sí como nada es del No.

Sin embargo, durante un buen rato esa verdad eterna parece que quedó enajenada por la voluntad de hacer teología, se ocultó tras del velo de la tierna ilusión de querer volver todo explicable nada más con la palabra (de) Dios. Algo que bien puede llegar a parecer un atajo genial, Dios, lo sagrado; pero en realidad sólo es un círculo vicioso, un automatismo de repetición. Nada hay que pensar ni entender con la palabra “Dios”, da lo mismo que “Nada”.

Así, seducida por la idea de que Dios no fuera una palabra, la filosofía se quiso Lógica. Renunció a los sentimientos y todo lo demás de esta vida, quiso reducir todo a un silogismo: verdad o mentira, falso o definitivo, bueno o malo. Fundando todo en la fe, una mera creencia. Y párenle de contar. Al final, por ese camino, se tiene algo tan hueco y vacío como el ajedrez.

Pero, por otra parte, al desearse laica y sin Dios, pero sin renunciar al deseo de verdad, la filosofía, ahora como anti-teología, se ha convertido en la utopía de la ética y la política perfectas. Esa vieja idea romántica de que con leyes, manuales y revoluciones los seres humanos serán algún día como el Dios que no hay. Cosa loca. Pero por pura inercia occidental todavía se enseña y estudia eso en nuestros centros de educación superior. Que todo es cosa de inventar por nuestra cuenta las Tablas de La Ley con sus Diez Mandamientos.

Debido a todo lo anterior no calificaré como “filosofía” el trabajo del pensar llevado a cabo por el escritor puertorriqueño Rubén Soto Rivera. Aunque ese trabajo del pensar le lleve de muchas maneras a confirmar lo perenne de la filosofía. Que todo es caos y azar y que no tiene sentido afirmar ni negar nada, que lo mejor es deshacer las creencias, acabar con las ilusiones, en tanto que toda creencia parece ser un mero espejismo, pura apariencia sin fondo, ya que en realidad no hay nada en que creer. Y desde ahí debemos hacernos responsables de la existencia.

Cosa harto difícil de pensar y entender. Para luego seguir en el juego de la vida humana, en la rueda de la fortuna de la mente, la sociedad y el universo. Un círculo vicioso; pero lo suficientemente interesante como para dedicarle en serio toda la vida.

El juego del ser y el estar ahí, en lo que estás.

Quizá por eso, conectando con Nietzsche, Soto Rivera califica su trabajo como filología. Claro, filología clásica. Leer como rumiante, masticando muchas veces todo lo que se lee. Para así pensar por cuenta propia el camino del pensar. Lo que lo vuelve más radical e interesante. En tanto que Rubén Soto Rivera hace su trabajo del pensar en Puerto Rico, una isla del Caribe donde la paradoja y la contradicción son el pan de cada día, para que de allí brote un pensar libre y autónomo. Distinto al canon eurocéntrico y distinto a la moda norteamericana. Un camino del pensar subalterno, que salta hacia fuera del esquema y comunica lo perenne de la filosofía de forma nueva, en castellano y en latinoamericano, en lo clásico y lo insular, lo común y lo asombroso. Gran paradoja de la palabra en la imagen posible de nuestro tiempo.
Cosas, sí, más cerca de Lezama Lima o de Borges que de Derrida o Heidegger, en el trabajo filológico con que Rubén Soto Rivera produce una nueva definición de la filosofía, cuando reconoce y explica lo perenne desde su situación y en forma ilustrada y original.

Dicho está.

Lo demás será entrar en contacto con la obra de Soto Rivera.

Así que para darles una idea de lo importante que son ya los aportes de Soto Rivera para la interpretación de la filosofía, va un ejemplo fuerte...

Durante toda su vida, Alfonso Reyes quiso producir una interpretación novedosa de Grecia clásica. Leyó todo, estudió todo, trató con altos especialistas, visitó los sitios arqueológicos y coleccionó piezas arqueológicas. Los tomos de sus obras completas con documentos sobre Grecia son muchos y tratan de muchos temas de la época clásica. Pero ninguno de ellos dice algo que no esté mejor dicho siempre en la Enciclopedia Británica. Y nunca se aproxima ni de lejos a las auténticas cuestiones de la historia y la filosofía.

Así fue don Alfonso Reyes, a quien ya aquí sí puedo llamar con cariño Don Al-sonsito Reyes, un ganoso muy ganosito para escribir bien pero casi nulo para pensar en serio, de ahí ese vacío cósmico que recorre su poesía entera, hasta alcanzar la quintaesencia del nirvana en Ifigenia cruel.

En cambio, la breve obra de Soto Rivera ya manifiesta y transmite una interpretación clara, distinta, nueva por completo, sobre lo que debe ser la filosofía. Porque el trabajo de Soto Rivera recupera de forma fuerte el sentido del pensar filosófico, para así hacernos entender una vez más que no podemos entender nada bien.

Que sólo es una ilusión teológica creer que todo tiene sentido, nada más un velo, un mito religioso sin fundamento alguno en la conducta de la materia y mucho menos en el proceso evolutivo de la especie que piensa y escribe. Y por ello hay que hacer el gran esfuerzo cotidiano de volver a pensar de verdad todo por cuenta propia, sin depender de creencias, ni de tradiciones, ni de ninguna otra interpretación. Porque no se ve por ninguna parte que haya un Dios que lo esté pensando y ordenando todo. Ninguno.

La filosofía, luego entonces, tal como escribiera Ludwig Wittgenstein, nada más es una escalera para salir del pozo del mito y la religión y ascender a la realidad del tiempo y la materia. Caos y azar que nunca regresan al pasado. Una vez en esta certeza ya no se necesita filosofar, se necesita saltar a lo siguiente.

Porque el caos y el azar son lo definitivo. Ninguna verdad es cierta. Así es como hay que pensar para hacerlo de forma madura. Y por eso lo más sano es el silencio y la quietud, la inacción. No juzgar nada.

Suena bien, muy taoista y todo; pero ¿cómo lograrlo en la vida real? ¿Cómo lograrlo por escrito, si la escritura siempre fija algo, siempre afirma algo, en tanto está ahí como significante? De manera que escribir que Arcesilao de Pitane, un casi desconocido filósofo griego de antes de nuestra era, propone la suspensión de juicio como la definición del hacer y pensar filosófico, es algo que ya significa tener que decir una verdad, alguna verdad, cosa indeseable según el planteamiento básico. De esta manera funciona desde hace siglos, según parece, el juego filosófico, practicando e iluminando este círculo vicioso.

Pero no hay de otra.

O se elige el camino perfecto, el abandono total de la ilusión de la existencia. Y se ingresa en el estado del santón desnudo que ya sólo se dedica a contemplarse el ombligo, sin hacer nada y tratando de sólo pensar en nada. Pura nada. Hasta caer muertos y ya, de inanición y de inacción.

O se elige la ilusión de jugar con la mentira que no se queda quieta. En tanto que nada es verdad, todo tiene más de mentira que de fijeza esencial. Estar en el juego de las mentiras significa estar probablemente más cerca de lo más real. Y entonces todo es cosa de ponerse y quitarse máscaras, cosa de dejarse ir por las posibilidades, buscando la correcta ocasión y el momento justo para atrapar la fortuna. Una cuestión donde ya no hay más que enseñar o decir. Pues ya todo se reduce a que cada quien asuma su situación y su tiempo, la libertad aporta todo lo demás.

No es posible encontrar libros de Rubén Soto Rivera en las librerías de México. Sus publicaciones casi no han salido del marco académico de Puerto Rico. Pero quien quiera leer textos de Soto Rivera lo puede hacer en internet, basta con teclear su nombre en la ventana del buscador de red para llegar hasta su página personal. También allí hay documentos del contexto hermenéutico con que él trabaja.

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